viernes, 29 de mayo de 2009

Mirar de otra manera.

Salí a caminar un poco. Abrí la puerta de mi edificio y caminando media cuadra por el pasaje Ecuador, llegue a la esquina de la agitada Avenida Santa Fe. Me dirigí hacia la izquierda y empecé a caminar entre la gran masa de gente circulantes por esas medianas veredas, muy pequeñas para su gran cantidad de pasajeros.
Nunca me agrado demasiado caminar sobre esas calles, esquivando a sus caminantes, tan atolondrados y tensos. Pero este paseo fue diferente para mí, salí de mi edificio sabiendo que iba a ser diferente, me lo iba a tomar de otra manera y encontrando su mirada agradable.
Cuando caminaba pude observar a los hombres apresurados y distraídos, me los imaginaba como niños a la salida de la escuela algo perdidos buscando a sus madres y algo desesperados por la vuelta a su hogar, después de una ardua jornada de estudio. En una posición que los aislaba del mundo real, que no podían observar lo que los rodeaba ya que solo buscaban ansiosamente un objetivo.
En este rápido viaje pude ver a ese tipo de personas, de miradas, de caminatas rápidas con grades pasos profundamente largos. En este viaje no vi seres mal humorados, mal educados, desagradables con el resto de sus compañeros de ruta.
El ruido de los autos, paralelos y ensordecedores no desaparecieron de mi sentido auditivo, pero fue como si mi oído bajara el volumen y me hiciera hacer escucharlos muy baja y suavemente, algo así como sonidos placenteros de fondo que hacían un poco mas agradable mi paseo.
En mi trayecto ame y admire cada uno de los puestos de diarios y principalmente los de flores, los considere algo muy atractivo e infaltables para cada una de sus veredas. Creo que si estos o estuvieran, estas serian demasiado tristes y desiertas, fue como imaginarme mis calles bragadenses sin sus grandes y viejos árboles que las caracterizan.
En un momento de mi corto viaje decidí contar cuantos cafés veía, pero cada vez que caminaba un poco más perdía rápidamente la cuenta. Me había olvidado que algo que caracteriza demasiado a Buenos Aires es casi su infinita cantidad de bares.
Cada vez que veía un bar me hundía en mis pensamientos… pensaba cual fuertemente es la necesidad de la gente de una ciudad sin siestas, frenar un poco, reencontrarse con su grupo de amigos, con sus novios, hijos, hermanos… ya que cada uno de los bares que veía se encontraba repletos de personas, sonrientes, hablando con sus acompañantes de mesa, saboreando un café, resguardados en su pequeñito mundo de su mesa y en ella sus integrantes llamados a compartir el freno de un día agitado.
Cuando pegue la vuelta retorno a mi hogar fuero muchas las cosas que vi, que mire y analice muy detenidamente, muchas me parecían repetidas pero a la vez diferentes.
Llegue a mi departamento, encendí las luces, agarre una hoja y una lapicera y me acosté a escribir mi paseo casi cotidiano para mi y tal vez si tanta importancia para mi típica rutina hacia el.
Pero esta vez tuve la necesidad de plasmarlo en esta hoja, ya que no fue una de mis tantas caminatas por la Avenida Santa Fe. Este paseo fue diferente, fue como si nunca lo hubiese recorrido, fue entrarme a un mundo que jamás había conocido.
Entre en un mundo en el cual me había propuesto ver cosas hermosas, raras tal vez, pero con una rareza única y bella que no podemos ver todos los días de nuestra vida, aunque creamos que pasamos por ese camino a diario y que conocemos cada uno de sus detalles puedo asegurarles que solo conocemos el lado superficial… hasta que un día decidamos antes de abrir la puerta de salida de nuestro edificio que nos zambulliremos en un mundo que no conocemos y por lo tanto como un viaje a Venecia, a la vieja Italia o a cualquier parte del mundo que nos gustaría conocer, nos veremos obligados por propia voluntad y gusto a observar cada uno de sus detalles , pero no con una mirada superficial, si no con una mirada interior, no desde nuestros simples ojos, si no con una mirada que comience desde nuestra propia alma.

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